A veces admiramos las historias desde su desenlace: el cambio, la oportunidad, el proyecto que finalmente abrió sus puertas. Rara vez vemos el tiempo de espera. Sin embargo, una vida también se forma en los días en que nadie aplaude y la siguiente respuesta aún no llega.
Detenerse no tiene por qué significar rendirse. Puede ser un modo de reconocer el cansancio, revisar nuestras motivaciones y escuchar a las personas que caminan cerca. En esa pausa hay decisiones pequeñas: pedir ayuda, ofrecer una disculpa, volver a intentarlo con otra actitud.
La fe no convierte el proceso en una línea recta. Nos invita a recorrerlo con honestidad y esperanza. Tal vez hoy el paso posible sea solo uno. También ese paso cuenta.
